Mindfulness y cerámica: cuando la atención plena se convierte en una experiencia con las manos

¿QUÉ ES EL MINDFULNESS?

 

Cada vez escuchamos más la palabra mindfulness. Se ha convertido en un término habitual en artículos, redes sociales e incluso en la consulta psicológica. Pero ¿qué significa realmente? ¿Y por qué puede tener tanto impacto en nuestro bienestar emocional?

Más allá del término de moda, el mindfulness es, en esencia, la capacidad de estar presente. Es decir, es un tipo de meditación que consiste en prestar atención, sin juzgar, al momento que estamos viviendo, tal y como es. Esto, que puede sonar sencillo, en realidad requiere práctica: vivimos la mayoría del tiempo en piloto automático, con la mente en el pasado o en el futuro, lejos del aquí y ahora. Estar con la mente en el pasado suele generarnos culpa y/o arrepentimiento (“No debí hacer…”; “¿Por qué no dije que…?”). Del mismo modo que tener la atención en el futuro suele generarnos ansiedad (“¿Tendré a tiempo los informes para mañana?”; “No sé si podré gestionar la reunión de mañana”.).

El mindfulness no es una terapia en sí, es una herramienta terapéutica. Al igual que si queremos construir y mantener un pequeño huerto en casa no nos vale solo con tener las semillas de las plantas, si no que necesitamos una estructura, tierra, agua, abono… con nuestro bienestar emocional pasa lo mismo. Necesitamos poner en práctica muchas herramientas terapéuticas para conseguir mejorarlo de manera global. 

Aun así, el mindfulness puede ser un punto de partida muy valioso. Como herramienta, nos permite empezar a observarnos, a parar el ritmo y a relacionarnos de forma diferente con nuestros pensamientos. En algunos casos, puede ser suficiente para mejorar nuestro bienestar diario si no hay un problema de salud mental de base. En otros, puede formar parte del proceso terapéutico, como una técnica más dentro de un tratamiento más amplio. En ambos casos, puede marcar la diferencia.

 

EL VALOR DE PARAR (Y SENTIR)

 

Practicar mindfulness no se trata de dejar la mente en blanco ni de alcanzar un estado de paz mística. Se trata, más bien, de parar, respirar y observar qué está ocurriendo dentro y fuera de nosotros. De entrenar nuestra atención consciente en el presente inmediato para que no se la lleve por delante cada pensamiento del pasado o el futuro que pasa por la cabeza. Si estamos con la mente solo en lo que está pasando aquí y ahora, nos quitamos mucho malestar emocional. 

Este tipo de práctica tiene beneficios muy bien documentados: reduce el estrés, mejora la regulación emocional, ayuda a dormir mejor y aumenta la conciencia sobre nuestros propios procesos mentales. Pero lo más interesante es que no solo se puede entrenar sentado en un cojín, meditando. También se puede entrenar haciendo cerámica.

 

CERÁMICA COMO EJERCICIO DE ATENCIÓN PLENA

 

La cerámica, como disciplina artística, tiene algo que la convierte en un vehículo natural para el mindfulness: requiere estar presente a nivel mental.

Cuando estás trabajando con las manos, moldeando el barro, no puedes estar a mil cosas a la vez. Tienes que estar ahí. La arcilla responde al cuerpo, a la presión, al agua, al ritmo. Si la mente se va, la pieza se deforma. Si vuelves al presente, puedes repararla. El barro no perdona, pero sí acompaña. Y, sobre todo, enseña.

En una clase de cerámica, sin darte cuenta, empiezas a reconectar con tu respiración, a fijarte en los detalles, a frustrarte y volver a empezar. A observar cómo funciona tu mente cuando algo no sale como esperabas. Y eso, aunque no lo llamemos así, es mindfulness en estado puro.

 

LO TERAPÉUTICO NO SIEMPRE ESTÁ EN LA CONSULTA

 

Como psicólogo especializado en terapia cognitivo-conductual, trabajo a diario con personas que lidian con ansiedad, estrés, dificultad para desconectar o sensación de vacío. En muchos casos, incorporar prácticas de mindfulness es un complemento muy útil al trabajo terapéutico. Pero no siempre es necesario empezar por una meditación formal.

A veces basta con una experiencia diferente que conecte cuerpo y mente. Y la cerámica, como otras disciplinas artesanales, tiene ese poder. Puede convertirse en un espacio donde, sin buscarlo directamente, empezamos a mirar hacia dentro. A sostener el malestar sin juzgarlo. A escuchar el silencio. A respirar.

 

UNA INVITACIÓN A PROBAR

 

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No hace falta ser artista ni tener experiencia previa. Basta con dejarse llevar por el proceso y estar dispuesto a explorar. Puede que no salgas con la taza perfecta, pero sí con una experiencia distinta: la de haber estado contigo mismo/a durante un rato sin exigencias, sin prisa y sin juicio. Y eso, en los tiempos que corren, ya es mucho. 

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