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El importante papel de los pensamientos en nuestra salud mental

A pesar de lo que podamos creer, el principal determinante de nuestras emociones y conductas, es decir, de cómo nos sentimos y lo que hacemos, no son las situaciones o sucesos que experimentamos, sino cómo los evaluamos. O lo que es lo mismo, lo que pensamos acerca de ellas. La forma en que pensamos, lo que nos decimos a nosotros mismos, nuestros juicios e interpretaciones. Esto explica por qué, ante una misma situación, cada persona se siente y reacciona de manera diferente. La realidad es que lo que nos perturba no son las cosas que nos suceden sino lo que pensamos sobre ellas.

Veamos un ejemplo: si en el trabajo/centro de estudios una persona que consideramos nuestro amigo se nos cruza y no nos saluda puede haber varias interpretaciones: una es pensar que está enfadada con nosotros y otra suponer que no nos ha visto. Pues bien, según lo que pensemos, nos sentiremos y comportaremos de formas muy diferentes con nuestro compañero. Si estamos convencidos de  que no nos ha saludado porque no nos ha visto, nos mostraremos indiferentes por lo ocurrido, pero si pensamos que está enfadado con nosotros, nos preocuparemos e iremos a interesarnos por los motivos de su enojo.

Los acontecimientos que nos ocurren influyen, obviamente, en el sentido de nuestros pensamientos y, por tanto, de nuestras emociones. ¡Pero no nos confundamos! Si hubiera una relación directa entre lo que sucede y como nos sentimos, a todo el mundo que le sucediera lo mismo reaccionaría de la misma manera, y eso no ocurre así. Es más, si el mismo suceso nos ocurre varias veces, probablemente las reacciones emocionales sean distintas cada vez. Los psicólogos sugerimos que cuando una persona sufre un problema emocional, se debe en gran medida a que está interpretando de forma inadecuada determinadas situaciones.

Las personas tenemos unas “gafas invisibles” que todas las mañanas, nada más  levantarnos, nos ponemos para ver la realidad a través de ellas. Si las gafas están limpias vemos la realidad con claridad, pero si están sucias hacemos evaluaciones e interpretaciones sesgadas de lo que sucede a nuestro alrededor. Los psicólogos llamamos a estas manchas en las lentes sesgos cognitivos. Errores en el pensamiento que nos generan malestar porque no nos dejan ver la realidad tal y como es, y, por tanto, nos sentimos y nos comportamos de un modo que no se ajusta a las situaciones vividas. El papel del psicólogo es desmontar dichos sesgos e instaurar en el paciente una manera más realista de interpretar lo que sucede en su día a día.

¿Qué sesgos cognitivos existen?

A continuación se muestras algunos ejemplos:

Inferencias arbitrarias: Hacer constantes predicciones negativas sobre el futuro partiendo de premisas falsas, contrarias a la evidencia o insuficientes. “Para que voy a ir a la fiesta si no me voy a divertir”.

Leer la mente: Anticipar reacciones negativas de los demás sin una base absolutamente firme. “Seguro que piensa que soy un imbécil”; “me ha dicho que le caigo bien pero está mintiendo, le caigo mal”.

Catastrofización/Exageración: Dar una importancia desmesurada a las cosas negativas (reales o no) que suceden o a sus consecuencias. “Si me separo de ella, me hundo”; “este dolor va a ser un cáncer”.

Pensamiento dicotómico: Tendencia a calificar las experiencias en términos de “todo o nada”,” blanco o negro, “desastre o perfecto”, etc. “Las cosas hay que hacerlas muy bien o no se hacen”; “he sacado un 7 y no un 10 en el examen de matemáticas, no sé nada de matemáticas”.

Etiquetamiento: Utilizar términos inexactos para calificar conductas propias o ajenas. “He vuelto a comer algo dulce. Soy una vaca repugnante”.

Minimizar lo positivo/Memoria selectiva: Restar importancia a las cosas buenas, aunque sean mínimas, que le suceden a uno. “Bah, conseguir una licenciatura no tiene importancia ni mérito. Es mi deber”; “¿De verdad que dijiste que lo hice bien? Ni te escuché decirlo”.

Personalización: Vernos a nosotros mismos como la causa de algunos sucesos externos desafortunados o desagradables, cuando no existe una base firme para atribuir dicha responsabilidad. “Estoy haciendo infeliz a mi marido”; “todo lo malo que le ha pasado a mi hijo es mi culpa”.

Abstracción selectiva: Poner toda la atención en un detalle, sacarlo de su contexto, ignorar otras características más relevantes de la situación y definir toda la experiencia en base a ese detalle. “El concierto estuvo muy bien, pero me costó aparcar el coche y eso echó a perder todo el día”.



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