01 Jun ¿Son malas las emociones y por tanto deberíamos suprimirlas?
Las emociones son reacciones adaptativas que nos preparan para responder de manera adecuada ante determinado tipo de situaciones que son importantes para nosotros. Nos aportan dos tipos de experiencias: agradables y desagradables. No hablamos de positivas y negativas porque todas sirven para algo, aunque nos hagan “pasar un mal rato”.
Un ejemplo sería el miedo, emoción muy desagradable pero necesaria en situaciones de emergencia, como un incendio. En este caso, el miedo nos mueve a salir corriendo para evitar una situación de riesgo. Nos está enviando el siguiente mensaje: “Mira a ver porque quizás haya algo inminente que supone una amenaza para ti, y puede hacerte daño o afectar a tus necesidades”. Otro ejemplo es la ira, igualmente molesta, pero necesaria para defendernos ante ataques externos. Nos está enviando el mensaje de: “Mira a ver porque quizás necesites activarte para defender a ti mismo o a tus intereses “. Todas las emociones sirven para algo, no envían un mensaje que no hace adaptarnos a cada situación, siendo algunas mas placenteras que otras.
El objetivo de los psicólogos no es conseguir que el paciente se libere de ellas, si no vivirlas correctamente y limitar el sufrimiento que causan. El problema no es sentir tristeza, soledad, frustración, ira, culpa, miedo, envidia… sino que alguna de estas emociones exceda los niveles óptimos de los parámetros de intensidad, duración y frecuencia. Es decir, estar triste no es negativo pero si lo es sentirse muy triste y que esta sensación aparezca constantemente y se prolongue durante semanas o meses. En ese caso hablaríamos de depresión y no de tristeza.
De igual modo que una fobia a los perros es un miedo desproporcionado a estos animales, una fobia social es una vergüenza desmedida a estar en público, o un ataque de pánico es un pico de ansiedad. De ahí que los psicólogos cataloguemos a casi todos los trastornos mentales en dos grandes grupos, siendo uno de ellos el de trastornos emocionales. ¿Por qué? Porque, como acabo de explicar, no dejan de ser problemas asociados a emociones que nos generan malestar e interferencia con el normal funcionamiento de nuestro día a día.
La mayor parte de las habilidades para conseguir una vida satisfactoria son de carácter emocional, no intelectual. Sólo cuando entendemos nuestros sentimientos somos capaces de entender los de otras personas.
Convertirnos en personas maduras, equilibradas, responsables y, por qué no decirlo, felices en la medida de lo posible, nos exige también saber distinguir, describir y atender los sentimientos. Y eso significa contextualizarlos, jerarquizarlos, interpretarlos y asumirlos. Porque cualquiera de nuestras reflexiones o actos en un momento determinado pueden verse «contaminados» por nuestro estado de ánimo e interferir negativamente en la resolución de un conflicto o en la toma de decisiones. Mimar nuestro momento emocional, aprender a expresar los sentimientos sin agresividad y sin culpabilizar a nadie, ponerles nombre, atenderlos y saber cómo descargarlos, es uno de los ejes de interpretación de lo que nos ocurre.
¿Cómo podemos gestionar adecuadamente las emociones?
Una buena regulación emocional supone:
No someterlas a censura. Las emociones no son buenas o malas, salvo cuando por nuestra falta de habilidad nos hacen daño.
Permanecer atentos a las señales emocionales, tanto a nivel físico como psicológico.
Investigar cuáles son las situaciones que desencadenan esas emociones.
Designar de forma concreta los sentimientos y señalar las sensaciones que se reflejan en nuestro cuerpo, en lugar de hacer una descripción general («estoy triste», «estoy nervioso»…).
Descargar físicamente el malestar o la ansiedad que nos generan las emociones.
Expresar nuestros sentimientos a la persona que los ha desencadenado, sin acusaciones ni malas formas y detallando qué situación o conducta es la que nos ha afectado.
No esperar a que se dé la situación idónea para comunicar los sentimientos, tomar la iniciativa.