16 Abr Trastornos depresivos: qué son, tipos y cómo pueden tratarse
A lo largo de la vida, casi todas las personas pasan por momentos de tristeza, desánimo o apatía. Forman parte de la experiencia humana. Sin embargo, no es lo mismo estar triste unos días que padecer un trastorno depresivo.
La psicología y la psiquiatría llevan décadas estudiando la depresión y otras alteraciones del estado de ánimo. El DSM-5-TR, que es uno de los manuales de referencia para el diagnóstico de los trastornos mentales, agrupa bajo el nombre de trastornos depresivos un conjunto de problemas que tienen en común un estado de ánimo bajo o irritable y una pérdida de interés o disfrute, acompañados de otros síntomas que afectan al sueño, al apetito, a la energía, al pensamiento y a la forma de ver la vida.
En este artículo veremos qué son los trastornos depresivos, cómo se manifiestan, qué tipos principales distingue la psicología clínica y, sobre todo, qué podemos hacer al respecto.
¿QUÉ ES UN TRASTORNO DEPRESIVO?
Sentirse triste después de una ruptura, de un despido o de una pérdida importante es normal. La diferencia con un trastorno depresivo está en la intensidad, la duración y el impacto en la vida diaria.
De forma muy resumida, hablamos de un trastorno depresivo cuando, durante un periodo prolongado de tiempo, se combinan:
Un estado de ánimo bajo (tristeza, vacío, desesperanza) o una clara pérdida de interés o placer por casi todas las actividades que antes se disfrutaban.
Otros síntomas que pueden afectar al sueño, el apetito, la energía, la capacidad de concentración, la autoestima o la forma de pensar sobre uno mismo, los demás y el futuro.
Y, además, este conjunto de síntomas interfiere en el funcionamiento diario: cuesta ir a trabajar o estudiar, relacionarse, cuidar de uno mismo, etc.
No se trata de “estar de bajón” unos días, sino de un cuadro clínico que puede llegar a ser muy incapacitante si no se trata adecuadamente.
PRINCIPALES TIPOS DE TRASTORNOS DEPRESIVOS SEGÚN EL DSM-5-TR
Aunque aquí no vamos a entrar en todos los detalles técnicos, sí conviene conocer, al menos, los principales trastornos depresivos que recoge el DSM-5-TR:
1. Trastorno depresivo mayor
Es probablemente el trastorno depresivo más conocido. Se caracteriza, simplificando mucho, por la presencia durante al menos dos semanas de:
Estado de ánimo deprimido la mayor parte del día, casi todos los días, y/o
Pérdida marcada de interés o placer (lo que llamamos anhedonia), acompañado de otros síntomas como cambios importantes en el sueño y el apetito, fatiga, dificultad para concentrarse, sentimiento de inutilidad o culpa y, en los casos más graves, pensamientos de muerte o ideas de suicidio.
Lo importante no es solo la lista de síntomas, sino que suponen un cambio claro respecto al estado previo de la persona y afectan de forma significativa a su vida diaria.
2. Trastorno depresivo persistente (distimia)
En este caso, el problema no es tanto la intensidad del malestar sino su cronicidad. El trastorno depresivo persistente, antes conocido como distimia, se caracteriza por un ánimo bajo que se mantiene durante al menos dos años en adultos, acompañado de otros síntomas como baja energía, alteraciones del sueño o del apetito, baja autoestima y sensación de desesperanza.
Muchas personas con este trastorno se describen a sí mismas como “siempre he sido así”, como si su estado de ánimo deprimido fuera parte de su carácter, cuando en realidad podrían beneficiarse de tratamiento psicológico y, en algunos casos, también farmacológico.
3. Trastorno de desregulación disruptiva del estado de ánimo
Este trastorno se diagnostica en niños y adolescentes y se caracteriza por una irritabilidad intensa y persistente, acompañada de explosiones de rabia desproporcionadas. Se introdujo para evitar diagnósticos erróneos de bipolaridad en menores, pero se encuadra dentro de los trastornos depresivos porque el problema de base está en el estado de ánimo.
4. Trastorno disfórico premenstrual
En este caso la alteración del estado de ánimo está relacionada con la fase premenstrual del ciclo. Se producen síntomas como irritabilidad intensa, tristeza, ansiedad o cambios bruscos de humor que interfieren en la vida diaria. El DSM-5 y el DSM-5-TR lo consideran un trastorno depresivo diferenciado del síndrome premenstrual habitual por su gravedad y repercusión.
5. Otros trastornos depresivos
Además de los anteriores, el DSM-5-TR recoge otros cuadros como:
Trastorno depresivo inducido por sustancias o medicamentos.
Trastorno depresivo debido a otra condición médica.
Otros trastornos depresivos especificados o no especificados.
Todos ellos comparten el núcleo depresivo, pero difieren en sus causas, duración, momento de aparición y otros matices clínicos.
ESTOY TRISTE ¿ESTO ES DEPRESIÓN?
Una duda frecuente es diferenciar entre una tristeza “normal” y un trastorno depresivo. No hay una respuesta sencilla, pero sí podemos tener en cuenta varios factores:
Duración: ¿Se mantiene el malestar casi todos los días durante semanas o meses?
Intensidad: ¿La tristeza o apatía es tan fuerte que te cuesta levantarte de la cama, ducharte, concentrarte o relacionarte?
Impacto: ¿Ha cambiado tu forma de funcionar en el trabajo, los estudios, la familia o las relaciones sociales?
Cambios asociados: ¿Han cambiado de forma significativa tu sueño, tu apetito, tu energía o tus ganas de hacer cosas?
Cuantos más de estos factores estén presentes, más probable es que no estemos ante una simple “racha mala”, sino ante un cuadro depresivo que merece ser valorado por un profesional de la salud mental.
¿POR QUÉ APARECEN LOS TRASTORNO DEPRESIVOS?
No existe una única causa. La depresión no aparece por “falta de voluntad” ni por “no poner de tu parte”, igual que un esguince no se produce porque una persona sea vaga. La investigación científica muestra una combinación de factores:
Factores biológicos: predisposición genética, alteraciones en algunos sistemas de neurotransmisores, enfermedades médicas, efectos secundarios de ciertos fármacos, etc.
Factores psicológicos: estilos de pensamiento muy críticos con uno mismo, tendencia a interpretar la realidad desde el filtro negativo, dificultades para manejar el estrés o las emociones.
Factores sociales y vitales: pérdidas, rupturas, problemas laborales o económicos, falta de apoyo social, situaciones de violencia o abuso, entre otros.
Lo habitual es que varios de estos factores se combinen. Dos personas pueden vivir una situación similar (por ejemplo, un despido) y que una desarrolle un trastorno depresivo y la otra no. La diferencia suele estar en la suma de vulnerabilidades y recursos de cada caso.
¿CÓMO SE TRATAN LOS TRASTORNO DEPRESIVOS?
La buena noticia es que los trastornos depresivos tienen tratamiento. No son una condena de por vida, aunque en algunos casos puedan ser crónicos y requerir un seguimiento a largo plazo.
La evidencia científica muestra que las intervenciones más eficaces suelen incluir:
1. Psicoterapia
Dentro de las diferentes corrientes, la terapia cognitivo-conductual es una de las que cuenta con mayor respaldo empírico. En ella se trabaja para:
Identificar y modificar pensamientos automáticos negativos (“no valgo para nada”, “nunca voy a mejorar”, “todo es un desastre”).
Cambiar patrones de comportamiento que mantienen la depresión, como el aislamiento, la inactividad o la evitación.
Recuperar actividades que aportan refuerzo positivo: contacto social, ocio, deporte, proyectos personales.
Desarrollar habilidades de regulación emocional y resolución de problemas.
El objetivo no es solo reducir los síntomas, sino enseñar a la persona herramientas para que pueda manejar mejor futuras dificultades y prevenir recaídas.
2. Tratamiento farmacológico
En algunos casos, especialmente en las depresiones moderadas o graves, puede estar indicado el uso de antidepresivos, siempre prescritos y supervisados por un médico (habitualmente un psiquiatra). El fármaco no “cambia la personalidad”, sino que ayuda a regular determinados sistemas biológicos, facilitando el trabajo psicológico y la recuperación.
Psicoterapia y medicación no son excluyentes; pueden complementarse y, de hecho, en muchos casos la combinación de ambas ofrece mejores resultados que cada una por separado.
3. Hábitos y entorno
Además del tratamiento profesional, hay elementos que pueden ayudar a mejorar progresivamente:
Mantener horarios de sueño lo más regulares posible.
Cuidar la alimentación.
Introducir poco a poco algo de actividad física.
Fomentar el apoyo social (aunque no apetezca al principio).
Reducir el consumo de alcohol y otras sustancias.
No sustituyen al tratamiento, pero sí lo refuerzan.
¿CUÁNDO CONVIENE PEDIR AYUDA?
Conviene pedir ayuda profesional cuando:
La tristeza, apatía o falta de motivación se mantienen en el tiempo.
El malestar empieza a interferir en la vida diaria.
Aparecen ideas como “ojalá no despertarme” o pensamientos reiterados sobre la muerte o el suicidio.
Sientes que, por mucho que lo intentas, no puedes solo/a.
Al igual que no esperaríamos meses para ir al médico con un dolor físico intenso, no deberíamos normalizar un sufrimiento psicológico prolongado. Cuanto antes se interviene, más fácil suele ser la recuperación.
